La obra de teatro Crave en la puesta de Cristian Drut. Son unos escasos 4 minutos con veintisiete segundos. 4 actores en escena, unos 50 minutos de función, una escenografía virtual, un sonido (más bien una nirvana) que me hace acordar a la turbinas Rolls Royce de los aviones McDonnell Douglas.
A veces despunto el vicio, ejerciendo descaradamente el rol de crítico. Por acá encuentran mi punto de vista (un tanto fanático) en un sitio de teatro alternativo argentino.
Más de una vez he jurado e hiperjurado que jamás me ganaría el pan a costa de criticar. Demás está decirlo, no creo en esa profesión.
Me hago cargo de la contradicción.
Y lo hago -tal vez- en nombre del arte, o el buen gusto, la dramaturgia bien encaminada y entendida, o quizás, porque es una obra de arte (no me arrepiento de describirla así) que desafía todos los lugares comunes, la intertextualidad, la famosa y teatral cuarta pared, la inactividad corporal y va por más; apuesta a la imaginación, nuestra imaginación.
Crave parece que nos exige un acto de fe. Y no es de extrañar que muchas situaciones enumeradas, descriptas, relatadas, actuadas, en estos momentos estén ocurriendo en alguna parte de este vasto universo…