November 4, 2008
La mexicana

Adolfo lo intuyó desde un principio. 

La observó a través del vidrio del coche. 

Lucía demasiado liberal para la época en que transcurrieron los hechos.

Los presentaron. El preguntó su nombre:

- Elena.

y él arremetió con un

- Elena, sin Troya.  Soy un simple escritor de las pampas, y la clarividencia no es mi fuerte, señora. Pero la veo demasiado Mujer. Así, con mayúsculas.

- Gracias por sus -como dicen ustedes los argentinos- ¿piropos?

- Si

- Adolfo, agradezco sus piropos. Esto confirma lo que me han comentado acerca de los argentinos: piropeadores, engreídos, al borde del incendio...

- Lo tomo como un cumplido, señora.

- Y perniciosos (bajando abruptamente su voz).

- Elena. Estamos a unas pocas cuadras donde murió Oscar Wilde. ¿Será mi guía, aquí en París?

- Adolfo, estoy con mi esposo. Déjeme consultar con esa persona que veré en el espejo, reflejándome.

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Pasaron los días, hasta que un sábado otoñal con escarchas en el césped, ambos paseaban por Le Bois du Boulogne y de pronto Adolfo Bioy Casares susurró:

- Quítese el rouge porque la voy a besar.

Elena en ese momento, intuyó demasiadas cosas.

Incluyendo que ya no volvería a ser la Elena que todos conocían.