Adolfo lo intuyó desde un principio.
La observó a través del vidrio del coche.
Lucía demasiado liberal para la época en que transcurrieron los hechos.
Los presentaron. El preguntó su nombre:
- Elena.
y él arremetió con un
- Elena, sin Troya. Soy un simple escritor de las pampas, y la clarividencia no es mi fuerte, señora. Pero la veo demasiado Mujer. Así, con mayúsculas.
- Gracias por sus -como dicen ustedes los argentinos- ¿piropos?
- Si
- Adolfo, agradezco sus piropos. Esto confirma lo que me han comentado acerca de los argentinos: piropeadores, engreídos, al borde del incendio...
- Lo tomo como un cumplido, señora.
- Y perniciosos (bajando abruptamente su voz).
- Elena. Estamos a unas pocas cuadras donde murió Oscar Wilde. ¿Será mi guía, aquí en París?
- Adolfo, estoy con mi esposo. Déjeme consultar con esa persona que veré en el espejo, reflejándome.
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Pasaron los días, hasta que un sábado otoñal con escarchas en el césped, ambos paseaban por Le Bois du Boulogne y de pronto Adolfo Bioy Casares susurró:
- Quítese el rouge porque la voy a besar.
Elena en ese momento, intuyó demasiadas cosas.
Incluyendo que ya no volvería a ser la Elena que todos conocían.