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Sabias palabras las de Banksy.
Y hoy, nuevamente, lo confirmo.
Acabo de estar acá, y viendo estas “obras de arte” de estos artistas, recordé esta entrada que originalmente fue posteada el 15 de julio de 2009.
Cualquier director de arte de cualquier...

Sabias palabras las de Banksy.

Y hoy, nuevamente, lo confirmo.

Acabo de estar acá, y viendo estas “obras de arte” de estos artistas, recordé esta entrada que originalmente fue posteada el 15 de julio de 2009.

Cualquier director de arte de cualquier agencia de publicidad tiene más “conceptos, más percepción social, más… más ideas” respecto al “artista” (de las comillas me hago cargo) con el que estuve hablando.

Le pregunté si había vendido alguna obra. Contestó:

-Si, una. A mi novia.

-Che, y este cuadro. Como lo definirías?

-Inclasificable.

Dejé pasar unos segundos y sentencié: -Pienso exactamente lo mismo.

Así, rápidamente lo saludé. Salí de la habitación. Bajé las escaleras. Y tomé un taxi.

Dentro mío creo tener una certeza: ese cuadro jamás será vendido.

Es más: tiene destino de fuego y cenizas.

Alice Coltrane - Turiya and Ramakrishna

Alice MacLeod estaba nerviosa. Estaba asistiendo a una de sus primeras sesiones de grabación para un músico amigo de la universidad.
Se la notaba ensimismada. Eran ella, un piano Steinway, sus inocentes y adolescentes manos, su negritud a flor de piel.
Jamás sospechó -ni en sueños- en que estaría involucrada.
Alice, extremadamente tímida, apenas levantaba la mirada cuando el ingeniero de sonido le pedía que atendiera sus indicaciones.
Simplemente asentía, como pidiendo permiso.
Su forma de tocar -extremadamente humana- resultaba en el límite de lo permitido. Por segundos, parecía desprolija, casi salvaje… después -sigilosamente- una concertista rusa.
Casi como un totem musical. Una deidad. El oráculo Coltrane era el lugar obligado por aquellos que deseaban hacer historia en el jazz.
La heterodoxia musical, el stardom system, la inteligentzia jazzera neoyorquina, aun más, los franceses lo adoraban.
John Coltrane, ese día, había estado discutiendo con su manager.
La disquera no estaba conforme con el rumbo que estaba tomando su carrera.
John asustaba a propios y extraños cuando no conseguía lo que se proponía: agreguemos allí una nota o un arreglo cabezón que sonaba deforme; por acá, un gerente que no le gustaba el arte de tapa, algún senador republicano que lo veía un mal ejemplo…
John carraspeaba malhumor esa mañana.
Había pedido que su saxo preferido estuviera en el estudio # 2, que el sesionista de batería debía ser un tal Johnny (no sé cuanto) y que no hubiera calefacción (afectaría su forma de respirar).
Entró.
Fatigó sus piernas.
A medida que se iba acercando a la puerta azul del estudio #2, los acordes se colaban en sus orejas.
14, 15, 16…
En el paso #17, paró justo frente a la puerta amarilla del estudio uno.
John escuchaba atentamente ese piano (en esos minutos era lo único que escuchaba) y para sus adentros deseaba fuertemente que no cesaran…
Pasaron los minutos. Cerró sus ojos y se dijo (y se convenció):
Es ella.    
Llego a este punto y todo se hace borroso, es probable que abrió la puerta, la observó –con los ojos cerrados-, se presentó y no sé si la abrazó (quizás por aquello que cuando uno abraza a alguien intuye enfermedades, noches y días, rituales, saudades, lluvias, amores, aciertos, felicidades, alegrías, deseos); pero sí es seguro que la cronología de los hechos me dicen que Alice MacLeod, tiempo después, se transformó en Alice Coltrane, esposa de John.

pd: Que un ser humano intuya a otro -y sin haberlo tocado, visto, escuchado  anteriormente jamás- como la persona que estuvo esperando toda su vida, me resulta sobrenatural. Tanto como que dos personas están toda una vida juntos y sigan sorprendiéndose del Otro día a día, año tras año; vida tras vida…